Julito Zepeda
Ángel de luz que guía nuestro caminar...
Benditas Coincidencias…
en compañía del Espíritu Santo
 
 
Toda la vida del hombre es avanzar hacia la casa del Padre de los cielos. Jesús dijo que Él es el Camino. La Iglesia, para explicar lo que ella es, se llama a si misma "Pueblo peregrino de Dios" (Concilio Vaticano II). El Espíritu Santo nos mueve a avanzar en esa senda y la Virgen María es la estrella en nuestro andar.
 
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            Primera Parte…………..     Una Noticia Devastadora
            Segunda Parte….………    El Poder de la Oración, en Semana Santa
            Tercera Parte…….……..    S.S. Juan Pablo II y las Cadenas de Oración
            Cuarta Parte……..……….    Próximamente
 
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(Primera Parte)
 
 
Lo que ustedes encontrarán en las siguientes páginas, es la historia de Julito centrada en las últimas semanas de vida que compartió junto a sus familiares, amigos y seres queridos, padres, hermanas, abuelitos, padrinos, tíos, tías, amiguitos y todos quienes tuvieron la gracia de conocerlo, estar junto a él, quererlo y recordarlo hasta el día de hoy como aquel niño al cual el destino quiso que se les cruzara en su camino por alguna razón.  
 
El presente relato comienza en Semana Santa del año 2005 y tiene por objeto compartir con todos ustedes cada uno de los acontecimientos, muchos de ellos trascendentales para sus padres, que fueron sucediendo y marcaron profundamente a todos quienes lo acompañaron en sus últimos días, continuando con eventos que han ido ocurriendo hasta el día de hoy, a juicio de sus padres guiados por el Espíritu Santo… y, por cierto, de la mano de Julito.
 
Si bien la aproximación a la siguiente narración se encuentra muy marcada por lo espiritual, los invito a que lean atentamente este documento, reflexionen sobre los temas expuestos y saquen ustedes sus propias conclusiones.
 

Una Noticia Devastadora
 
Durante los días previos al fin de semana de Semana Santa, el estado de salud de Julito se fue agravando considerablemente, había comenzado a experimentar un progresivo aumento de sus leucocitos (glóbulos blancos en la sangre), lo cual había significado que el equipo médico tomara la decisión de suspender su tratamiento de quimioterapia al cual debía ser sometido según el protocolo que hasta ese momento seguía. Durante esa semana, la cuarta semana de marzo, había estado recibiendo sólo las drogas correspondientes a la pre-fase de una quimioterapia y como parte del protocolo y preparación a lo que debía someterse en la siguiente semana, sin embargo, los leucocitos fueron creciendo sostenidamente hasta llegar a sobrepasar los 100.000 el día jueves 24 de marzo. En ese momento, los doctores tomaron la decisión de hablar con nosotros (sus padres) y nos dijeron que lamentablemente no había nada más que hacer, que la leucemia se les había escapado de las manos, que Julito no estaba respondiendo a ningún medicamento y que la decisión de ellos, como equipo, era dejarlo descansar con el menor dolor posible, que irremediablemente no había nada más que hacer por nuestro hijo...  En aquella oportunidad los doctores y tías del hospital nos entregaron el máximo de facilidades posibles para estar junto a Julito, podríamos quedarnos durante la noche si así lo decidíamos, podíamos traer a familiares y seres queridos para que se fueran despidiendo de Julito, no habría problema en darle a nuestro hijo todo lo que pudiera solicitar, etc. Finalmente, nos sugirieron comenzar a ver rápidamente todo lo relacionado a los servicios funerarios, además de tener a mano la ropa que le colocarían a Julito una vez que partiera de este mundo…
 
 
Un nuevo golpe, tan duro como el primero
 
Escuchar decir al equipo médico que ya no había nada más que hacer fue realmente devastador, el imaginarse inmediatamente que la vida de Julito irremediablemente se estaba extinguiendo, que lentamente la llama de la vida se iba apagando, fue un golpe tremendamente duro. El primer golpe que recibimos, fue cuando la doctora Becker, jefe de oncología, junto a la enfermera jefe, la tía Anita, nos confirmaron el diagnóstico de Julito: Linfoma de Burkitt… un tipo de Cáncer Infantil. Recuerdo que en aquella oportunidad no fui capaz de responder a las preguntas de la doctora Becker, luego de escucharla atentamente no hice más que llorar, ¿usted está trabajando?, ¿en qué trabaja?, ¿necesitará licencia?...  no fui capaz de responder y ni siquiera ver el rostro de mi esposa, mi primera reacción instintiva fue asociar la palabra cáncer con muerte y tuve miedo, mucho miedo.
 
Sentí en carne propia cómo el miedo paraliza y no deja reaccionar. Afortunadamente nos acompañaba en dicha reunión Ronald, un primo que al igual que el resto de la familia nos entregó en todo momento su apoyo, quien con ojos cristalinos nos miraba y aunque estaba a punto de largar en llanto, había sido capaz de escuchar las palabras de la doctora Becker y le había podido hacer algunas preguntas, mientras la tía Anita me traía un vaso de agua y María me consolaba… No es maravillosa la vida, mientras yo había crecido escuchando decir permanentemente que es el hombre quien debe en todo momento protejer a la mujer, en esta ocasión mi señora a pesar de toda la pena que sentía en aquel momento su instinto de madre le permitía, además de escuchar tan mala noticia, consolarme, abrazarme y darme ánimo. Realmente no estaba preparado para tan impactante noticia.  
 
 
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Al salir de la oficina donde nos habían mandado a llamar los médicos, en el pasillo de oncología, con mi señora  nos abrazamos y nos dimos ánimo entre los dos, momento que duró muy poco debido a que Julito a pesar de estar acompañado de unas tías enfermeras, estaba muy alterado y había comenzado en ocasiones a tener algunas crisis las cuales consistían principalmente en gritos, llantos, ganas de morder y hacerse daño tirándose la vía que tenía puesta en su bracito, además de las mangueras que salía de su “amigo” catéter y la sonda que le ayudaba a orinar. Días atrás y producto de una fiebre extremadamente fuerte, su pene se había inflamado y luego, al deshincharse, el cuerito que cubría su pene se había comenzado a caer, por lo tanto cualquier contacto con la orina era extremadamente doloroso ya que tenía las carnes vivas expuestas al medio ambiente, mismo dolor debía soportar cada vez que le hacían limpieza en sus genitales para evitar cualquier tipo de infección…
 
Quien diga que Julito no fue un niño valiente realmente nunca lo llegó a conocer, en reiteradas ocasiones nos demostró su capacidad de lucha a toda prueba y su fortaleza. Su resignación para enfrentar los problemas que se venían encima, con sólo tres años, impresionaban a cualquiera, ojalá pudiera contar con un poco de su valentía para hacer frente a todas las dificultades que la vida nos depara, estaría mucho más tranquilo de poder responder a cualquier imprevisto. A lo largo de todo su tratamiento, a excepción de los pinchazos iniciales cuando no tenía aun su “amigo” catéter o para los exámenes de sangre, siempre soportó sin grandes dificultades cada medicamento o procedimiento que se le practicaba, normalmente se enojaba con facilidad, sin embargo, al poco rato era él quien pedía que le dieran “su remedio, para el dolor, para que no duela más”. Julito nos dio muchas sorpresas en tal sentido, enseñanzas de vida que no las olvidaremos.
 
Al cruzar la puerta de la pieza de Julito, casi por arte de magia nuestros rostros cambiaron, así debía ser, siempre procuramos transmitirle en todo momento la tranquilidad y el amor que Julito necesitaba en aquel momento. Cada vez que le daban sus crisis para no verlo amarrado de pies y manos, idealmente lo manteníamos afirmado junto a mi señora, uno a cada lado de la cama, en ocasiones no era posible y Julito debía permanecer amarrado durante el periodo de crisis que en la mayoría de los casos podía durar hasta más de una hora, en la cual Julito no quería nada, gritando y llorando tan fuerte como podía. Por primera vez comenzaron a aplicarle a Julito morfina al goteo de manera permanente, además de otra serie de calmantes que eran requeridos.
 
Julito ya llevaba más de 20 días en cama, sedado, tullido, no era capaz de sostenerse ni por un segundo de pie, se había debilitado demasiado y no quería nada… abría los ojos, miraba a su alrededor, a veces hacia el televisor de su pieza donde disfrutaba de sus películas favoritas, a veces hacia la ventana la cual le permitía ver los árboles del hospital, pero lentamente había dejado de irradiar la energía característica a la cual nos tenía acostumbrado.
 
Por otro lado, sin habernos puesto de acuerdo, tácitamente junto a María habíamos tomado el compromiso de ir informando en nuestra casa en detalle de todo lo que le iba ocurriendo a Julito, es así como al llegar a casa la noche del día jueves reunimos a toda la familia, a excepción de la Francisca que ya estaba durmiendo, y les transmitimos lo que los doctores nos habían dicho durante la tarde. La noticia caló hondo, no era para menos, nuestro bebé tenía los días, quizá las horas contadas. En lo particular, recuerdo que sentía mucha pena, pero evitaba expresarla, algo me contenía.
 
Al día siguiente, el Viernes Santo, 25 de marzo, estuvimos como de costumbre junto a Julito, acompañándolo en todo momento, colocándole las películas que no se cansaba de ver una y otra vez, se las sabía de memoria y era común escuchar hasta en su último día repetir frases completas de lo que los personajes de las más variadas historietas decían, o bien cantar parte de las canciones que las películas incorporaban; Balto, Las Ardillitas, Tom y Jerry, Bambi, Dumbo, estaban dentro de sus películas favoritas que no se cansaba de ver. La tía Anita, enfermera jefe de oncología, había pedido que viniera ese día al hospital un amigo suyo, que en aquel momento era seminarista, para que conversara con nosotros. En la oficina de los doctores pudimos conversar un rato sobre lo que estábamos viviendo, oramos juntos y después pasó a ver a Julito por un momento, lo bendijo y se fue. Durante el momento que compartimos con él, nos alentó a seguir adelante junto a nuestro hijo, sin embargo, nos señaló claramente que no podía hacer mucho más y que realmente estábamos viviendo nuestra propia Semana Santa. A los pocos días, aquel seminarista había sido consagrado al sacerdocio, no tuve la oportunidad de agradecer el tiempo que nos dedicó y el señalarle que recibir el apoyo de otra persona en aquellos duros momentos que a veces nos toca vivir siempre se agradecen. La compañía y el cariño que algunas personas son capaces de entregar por otros de manera totalmente desinteresada, por el sólo hecho de entregar una palabra de aliento, es un acto de amor que siempre agradeceré, gracias padre, gracias tía Anita.
 
Ese día en la noche, estando en mi habitación junto a María, rompí en llanto, en un llanto sin consuelo, por largos momentos visualizaba la imagen de Julito y una y otra vez lo escucha en mi cabeza decir su típica respuestas a mi “Julito, tú sabías que te quiero mucho”, cada vez que se lo decía, a pesar de estar con numerosos calmante y con muy poca fuerza, él siempre me respondía “Sí, yo también te quiero mucho, papito… tienes que portarte bien”…
 
 
 
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(2da. Parte)
 
 
El día sábado santo, desde muy temprano comenzaron a llegar los familiares, tíos, tías, primos, cuñados, suegro, amistades, etc., etc., etc., todos querían estar junto a Julito y acompañarnos en esos difíciles momentos. Había que entrar a la habitación de a dos personas, máximo tres, con la esperanza de que Julito no reaccionara con una crisis o bien que comenzara a llorar y se alterara al ver a los tíos, a su hermanita o a la mamita (su abuelita) a quien tanto quería y echaba de menos. Afortunadamente por largo rato compartió sin mayor problema junto a la familia, repartiendo en algunos casos besos y abrazos, a pesar del estado en que se encontraba. Los calmantes y su débil cuerpo no le permitían interactuar normalmente, sin embargo, tuvo la posibilidad de ver a su familia y ésta de alguna manera de poder despedirse de Julito.
 
 
Las peticiones de Julito
 
Si hay algo que todos pueden dar fe que era del gusto de Julito, además de los dinosaurios y caballos, eran sus famosos “huevos con azúcar”, cómo olvidar aquella combinación y más aún las ganas con las que Julito normalmente se comía sus dos huevos con azúcar ya sea a la hora de almuerzo y/o a la hora de la cena. Sin embargo ese día, tuvo antojado y en cuanto a comida, se le ocurrió que quería comer “torta con crema” otra de las cosas ricas que ha Julito de vez en cuando le gustaba comer. Traída desde el supermercado más cercano la torta llegó a las manos de Julito, pero había otro pedido que Julito nos había hecho...
 
Su tía Yenny le había llevado ese día un león de regalo, sin embargo, y como era la costumbre de Julito quería “otro león” para poder tener uno en cada mano y así poder jugar con ambos. Durante toda la tarde varias personas, en las que me incluyo, estuvimos detrás de ese “otro león” que tanto quería Julito, en pocas horas desfilaron en su habitación leones de todo tipo, de peluche, de goma, chicos, grandes, pero nada satisfacía los deseos de Julito, todos quienes conocieron a Julito saben que era un niño de carácter fuerte, para muchas de las tías enfermeras era su “viejo chico”, si algo le parecía mal, lo decía y reclamaba con ganas. En las condiciones que estaba Julito, propenso a tener en cualquier momento una crisis era necesario traerle lo que el pidiera, lamentablemente durante la tarde estuvo con crisis, los familiares de apoco se fueron yendo y finalmente Julito se tranquilizó con uno de los últimos seudo leones que yo había llevado, en realidad más se parecía a un tigre, pero Julito afortunadamente se había conformado con ese animalito y pudo jugar con sus leones… Esa tarde, de que nos hizo correr, lo hizo.
 
 
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A medianoche, una vez que Julito ya se había quedado dormido, emprendimos rumbo a casa y nuevamente, como había sucedido en la noche anterior, ya en mi habitación y junto a María, lloré como nunca antes lo había hecho, por horas mis pensamientos estaban dirigidos en Julito y sus palabras “yo también te quiero mucho papito… tienes que portarte bien”… no podía conciliar el sueño, lloré y lloré con la impotencia y desesperación de saber que no había nada que hacer.
 
Al día siguiente, el día domingo 27, desperté con una extraña sensación de tranquilidad, de calma, de serenidad, y mis pensamiento estaban dirigidos hacia Dios: “Señor, que se haga tu voluntad”… Durante ese día fueron mucho menos familiares que el día anterior, lo cual era bueno para que Julito estuviese lo más tranquilo posible. Fue como nuestra despedida de padres, estuvimos junto a Julito sin separarnos un momento, compartimos junto a él sus películas favoritas, lo mirábamos y se nos caían las lágrimas pensando internamente que sólo estábamos esperando el desenlace final, que no podíamos hacer nada más que rezar, dejando a Julito en las manos de Dios…  
 
Es triste ver a un hijo, o a cualquier niño, en el estado que estaba Julito, realmente parecía un paño sobre la cama, sin fuerzas, sedado en todo momento, prácticamente no hablaba, no podía sentarse y para hacer sus necesidades debíamos sostenerlo con fuerza porque su cuerpo se le iba, los ojos apenas lo abría y estaba conectado a 5 mangueras, 3 que salían desde su “amigo” catéter y otras dos que salían de la vía que habían tenido que colocarle en su brazo. Una sonda le ayudaba a orinar, mientras que los dolores de su cuerpo, en particular sus genitales y la boca producto de la mucositis que lo afectaba se hacían cada vez más intensos, lo que hacía que las tías enfermeras le tuvieran que ir aumentando los niveles de morfina al goteo, además de los calmantes que le suministraban por el catéter o bien por vía oral.
 
A pesar de aquel escenario, en ningún momento pensamos en que ya estaba sufriendo demasiado y que por qué Dios ya no se lo llevaba de una vez por todas, por el contrario, tanto mi actitud como la de mi señora, fue acompañarlo en todo momento, sin cansarnos de decirle “te quiero mucho” cada vez que podíamos, abrazándolo y besándolo a cada rato, haciendo que se sintiera acompañado y amado en todo momento, a la vez de tener una absoluta actitud de colaboración frente a las tías enfermeras y doctores quienes estuvieron pendientes de Julito y nosotros en todo momento, es increíble la labor que ellos realizan, lo duro que es para ellos al atender niños que en muchos casos le toman un cariño especial y que los tienen que ver sufrir sabiendo que algunos de ellos muy pronto dejarán de existir.
 
A dos días de haber recibido la triste noticia de que no había nada más que hacer, ya estábamos un poco más tranquilo y consciente de lo que pasaría. Los padrinos de Julito, el día domingo tuvieron la triste misión de ir a comprar la última ropita que vestiría Julito, con la cual sería despedido. Ya se habían hecho las primeras gestiones para el tema del cementerio y mi tarea al día siguiente, el día lunes en la tarde, era evaluar y contratar el servicio funerario. Esas gestiones, son lejos las más difíciles que me ha tocado vivir.
 
Si hay algo que siempre lamentaré fue, al igual que todos quienes estuvieron junto a Julito, haber bajado los brazos, en el sentido de haber tomado una actitud de resignación, haberme quedado sólo con las palabras de los médicos, quienes a pesar de estar científicamente en lo correcto, yo no tuve la capacidad para darme cuenta que sólo Dios dispone hasta que minuto cada uno de nosotros estará en esta vida, que los milagros existen, que el poder de la oración es real y poderoso, pues lo sentimos, lo vivimos… y podemos dar fe de ello.
 
 
El Poder de la Oración, en Semana Santa
 
Cuando Julito más lo necesitaba, el poder de la oración se hizo presente…  justo en Semana Santa. Efectivamente, en lo personal creo que el haber coincidido los días de Semana Santa, días de reflexión y oración, justo cuando Julito vivía su peor crisis, momento en que los doctores nos hicieron ver que ya no había nada más que hacer, permitió que mucha gente nos acompañara a través de sus oraciones pidiendo a Dios no sólo por la salud de Julito sino que también rezando por nosotros, sus padres.
 
Estamos seguros de haber recibido la energía requerida en aquel difícil momento, las buenas intensiones y buenas vibras de personas, muchas de ellas desconocidas para nosotros, a través del poder de la oración de muchas personas pendiente de nuestra situación, nos permitió mantener la tranquilidad suficiente para atender a Julito y la serenidad para comprender que debíamos dejar a Julito en las manos de Dios.
 
Pero la gracia recibida a través de la oración fue aun más grande…
 
El día lunes 28 de marzo, partíamos la semana con la mayor normalidad posible, a la espera de lo que ya parecía irremediable, junto a mi señora habíamos llegado temprano al hospital, compartimos con Julito momentos agradables, nos reímos y disfrutamos al máximo cada minuto junto a él. Cada vez que las tías y mamitas de oncología nos preguntaban por el estado de Julito, sabiendo lo mal que estaba y la noticia que los médicos nos habían dado días atrás, les respondíamos… sigue mal, pero nos ha regalado una mañana maravillosa, nos hemos reído y lo hemos disfrutado al máximo. Su mamita (la abuelita) había ido a verlo durante la mañana, junto a sus hermanitas: la Francisca, de un año de diferencia y con quien compartió travesuras y numerosos momentos de felicidad; y Yolanda, su hermana mayor que en muchas oportunidades fue como su segunda mamá, quien durante el fin de semana en ocasiones no fue capaz de entrar a la pieza de Julito afectada por verlo tan mal en su camita.
 
La visita, si bien fue muy significativa para todos, fue más bien breve con el objeto de no alterar a Julito. Como a las 13:00 hrs., cuando traía de regreso a casa a mi mamá y mis hijas, recibí un extraño llamado de mi señora, me decía que regresara de inmediato al hospital, que los doctores necesitan hablar con nosotros. Sin pensarlo dos veces, dejé a mi mamá y mis hijas a mitad de camino y regresé lo más rápido posible al hospital, pasando inmediatamente a la oficina de los doctores donde nos esperaban junto a mi señora, con la certeza de que ya no deberíamos recibir malas noticias, como había sucedido permanentemente en cada una de las reuniones que los doctores nos citaban. Efectivamente, en aquella oportunidad, en una reunión en la cual se encontraban varios doctores y la enfermera jefe de oncología, la doctora Becker con los resultados de los exámenes de rutina tomados a Julito durante la mañana, nos explicaba que “milagrosamente” los niveles de leucocitos, que tenían a Julito al borde de la muerte, habían bajado a niveles que hacían posible que Julito retomara su tratamiento, que se abría una pequeña ventana y que para nosotros significaba una luz de esperanza en pos de la recuperación de nuestro hijo…
 
Demás está decir la enorme alegría con la cual recibimos dichas noticias, siendo una de las señales más fuertes que ha influido en nuestra vida como cristianos. Desde aquel momento nos hemos aferrado con mucha fuerza a nuestra fé…  
 
 
 
 
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(3ra. Parte)
 
S.S. Juan Pablo II y las Cadenas de Oración
 
Luego de haber recibido la extraordinaria noticia de que Julito había reaccionado (tardíamente) al medicamento suministrado, inmediatamente se retomó el protocolo al cual era sometido… La condición de Julito era muy mala, había tenido que luchar a una fuerte mucositis y reiterados periodos de crisis. El haber estado varios días en cama lo había debilitado al punto de no poder sostenerse por sí solo ni siquiera un par de minutos sentado en la cama…
 
Lentamente comenzó a recobrar energía, una fuerza interna lo impulsaba a seguir adelante y comenzaba a recibir cada día un poco más de comida. Afortunadamente Julito en todo momento pudo estar acompañado de su madre, desde muy temprano en la mañana hasta altas horas de la noche. Por su parte, su “papito” estaba junto a él cada vez que podía y por cierto la alegría de Julito era inmensa al verlo llegar a la sala donde estaba, sin embargo, no por ello dejaba pasar el estricto control de higiene que la situación lo requería, a sus tres años era capaz de comprender y hacerse respetar al decir con voz fuerte: “¡papito!, lávate las manos”… luego de lo cual gozaba de dar su bezo y un fuerte abrazo que cada siempre se lo “exigía” su papá, al decirle; “quiero mi becito…. Y un abrazo fuerte”… Julito a pesar de estar muchas veces entablillado con mangueras con suero o pasando algún tipo de droga, no se resistía a abrazar lo más fuerte que podía a su “papito”….
 
Durante el fin de semana siguiente a la Semana Santa, mientras acompañábamos a Julito, éramos testigos de una de las más tristes noticias que afectaba al mundo entero, su santidad Juan Pablo II había partido al encuentro del Señor. La noticia del fallecimiento fue acogida con una enorme conmoción entre los fieles, a los pocos minutos y de acuerdo al protocolo, comenzaron a repicar las campanas de la Basílica de San Pedro anunciando al mundo la muerte de Papa Juan Pablo II… Por televisión era posible ver paso a paso lo que estaba aconteciendo, ya hacía varios días que todo el mundo estaba en una vigilia permanente y rezando por la salud del Santo Padre.
 
 
 
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La muerte del Santo Padre, lamentablemente no fue la única mala noticia que durante esos días embargaba nuestros corazones… el día previo a la muerte del Papa, en Argentina fallecía la mamá de María, la abuelita de Julito, después de luchar por años contra un cáncer que la afectaba. La señora María Teresa, pudo conocer y jugar con Julito en las vacaciones de verano del 2005, cuando visitó Chile por última vez. En dicha oportunidad, pudo conocer a sus otros nietos y compartir con sus hijos que no los había podido ver por años. Lamentablemente, con la enfermedad de Julito, María tuvo que dedicarse totalmente al cuidado de su hijo y conformarse con llamar permanentemente a su madre para saber por su estado de salud. Esto fue un duro golpe para María, no haber podido despedirse de su madre, enterándose de su muerte en el hospital mientras acompañaba a Julito. En dicha oportunidad junto a Mauricio, uno de sus hermanos, compartió un momento en la sala de los doctores, lugar donde pudieron desahogarse y recordar a su madre que ya había partido.
 
 
 
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A la semana siguiente, se notaban algunos avances en Julito, estaba mucho más animado, había vuelto a sonreir, compartir con las tías enfermeras, saludaba desde la ventana y pedía sus “huevitos con azúcar”. Al ver avances increíbles en el estado de ánimo de Julito un grupo de enfermeras y mamás de oncología habían tomado la decisión de hacer una cadena de oración y encomendar la salud de Julito al Santo Padre, a Juan Pablo II, quien ya estaba en la casa del Señor y que podría interceder por nosotros para que en Julito obrara un milagro. Para ello, todos los días a las 22:00 hrs. se comenzó a realizar una gran cadena de oración en la cual cada persona que participaba, a través de sus propias oraciones, encomendaba la salud de Julito al Santo Padre.
 
Lo vivido durante esos días, fueron momento de mucha unión, solidaridad, amor y profunda fe, junto a Julito rezábamos durante las tardes y él nos acompañaba, se persignaba y ponía atención a las oraciones, en ocasiones rezábamos el rosario mientras Julito se entretenía viendo las imágenes de los diferentes misterios a través de un pequeño librito que nos habían dejado tías voluntarias de Caritas.
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